MARIA - No es que no me guste besarte, es que sabes a sangre. Cada beso que me das sabe a sangre y cada beso que te doy yo... me sabe a la sangre que escupes cuando te lavas los dientes.
FREMONT - ¿Me hago un porro?
MARIA - Me haces daño cada vez que me miras, pero si no me miras puedo ser capaz de arrancarme los cabellos y las uñas, porque no puedo esperarte. Si por mi fuera, te habría quitado las orejas y me hubiera hecho unos pendientes con ellas...
FREMONT - Pásame el tabaco...
MARIA - Siempre hablas de ti mismo y de lo enfermo que estás. Yo solo pido tus besos salpicados de sangre. Me repites mil veces y veces y veces lo enfermo que estás, pero yo solo quiero tus besos de sangre. No es que no me guste besarte, es que sabes a sangre.
FREMONT - ¿Tú tienes mi mechero?
MARIA - Tus dientes están amarillos. Separados y quebradizos, adorables. Entre ellos, restos de carne negra. Me encanta cuando te sangran las encías. Me encanta porque veo lo podrido que estás por dentro, y veo como intentas ocultarlo. Estás enfermo y me encanta, me encanta ver como disimulas... me encanta saber que a mi no me engañas.
FREMONT - Toma.
MARIA - Me da igual. Yo por dentro soy peor que tú. Por eso me gustas tanto. Eres tan normal. No es que no me guste besarte.... es que sabes a sangre.
FREMONT - Buenas noches, cariño. (Le da un beso en la frente y se tapa con las mantas).
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